A la ciudad la bañó la lluvia. Fresca y límpida se refleja a través de los vidrios de la camioneta de Primer Plano Magazine, desde donde nos dirigimos al encuentro con el arquitecto Óscar Lozano para escudriñar sobre su vida a través del arte. El tráfico se espesa por tramos. La ciudad es un todo que se agolpa como las partituras de una canción sin nombre. Un letrero anuncia la llegada al fraccionamiento Aramoni. Subimos. Un Mustang amarillo nos vigila con su potro indomable que custodia su frente. Casas arriba, nos espera un hombre alto, esbelto, atento a que podamos surcar el laberinto de su hogar para entablar esta charla. Así, en la complicidad de la piscina, que nos mira de reojo, bajo la premura de la ciudad que se abochorna, se dio esta entrevista.

Sabemos que Óscar Lozano estudió la carrera de Arquitectura en el Tecnológico de Monterrey y que hace más de siete años incursionó en la pintura y en la fotografía de forma profesional. ¿Qué busca Óscar Lozano como artista y hacia dónde quiere dirigir su postura estética?

Bueno, más que siete años son en realidad quince. Yo comencé en el 2003 a trabajar como arquitecto y, de manera paralela, con la pintura. Derivado de mis estudios arquitectónicos y estando ya inmerso en la pintura me di cuenta que me gustaba mucho la geometría y el uso de color. Entonces, poco a poco, comencé a explorar esos dos elementos; la geometría siempre estuvo reflejada. En un principio mi obra tenía elementos figurativos, es decir, no eran complemente abstractos como los son ahora. Poco a poco lo fui depurando, hasta que esos elementos se fueron delimitando.

¿Por qué incursionar en la investigación de los diferentes códigos del color y llevar la codificación y decodificación de estos a tu obra plástica?

Las piezas son una codificación o una decodificación del contexto urbano, como bien mencionas. Por ejemplo: el rango cromático es infinito y va desde piezas blancas, negras, grises, hasta la exploración de rojos, azules, verdes, etcétera. Entonces, dependiendo de esos tonos podrías, por ejemplo, tomar una de las piezas grises como si fuera un paisaje nublado. No digo que sea eso, sino que hacia eso puede llevar, porque tampoco me gusta encasillar la obra en algo, pero no tiene a por qué ser como te estoy diciendo: un paisaje nublado decodificado o alguien que lo ve como un cementerio, aunque mis obras no tiene referencias a la muerte, no sé, depende mucho del espectador. Lo dejo a su imaginación y las interpretaciones, entonces, éstas también son infinitas.

En este caso ¿Cómo se relaciona tu trabajo fotográfico con tu obra?

En aquel tiempo (cerca de 10 años) estuve trabajando como arquitecto en la ampliación de la línea 2 del metro y cuando estuve en esa labor —en una planta de prefabricados de concreto— me otorgaron una beca del Conarte de un proyecto de fotografía, y se prestó esa beca para ese trabajo que yo tenía, pues estaba con grúas y moldes para hacer los colados de los andenes del metro. Ahí las fotografías que yo estaba haciendo las comencé a manipular. Me gusta mucho la luz y yo la tomaba de las grúas que hacen el montaje de las piezas en la obra, y luego a las luces les sacaba como barridos o distorsiones y las empezaba como a pixelar. Ya cuando la fotografía estaba terminada, hay partes en la que ves un paisaje y en las torretas de las grúas partes pixeadas. Era una forma de presentar lo que la pintura podría ser, porque en la computadora hay herramientas que usas en fotografía que en la pintura no puede ser. Entonces, en mi obra, esa es la manera en que se compaginan una y otra.

Se ha dicho que tu trabajo no busca ser ni espectacular ni estridente, sino que busca ser una representación particular de cada espectador ¿Qué pretende Óscar Lozano con ello?

Muchas piezas tienen su mensaje. Pero también hay otras que no tienen, pues simplemente ya existe una línea de trabajo. Cuando comienzo a hacer las piezas, a veces solamente empiezo a encintar y el color va saliendo: monocromático o con muchos rangos de color. En ocasiones son resultado de lo que hice en la computadora, en los bocetos, o bien, se da de manera aleatoria y el resultado no es nunca el mismo. Ese es el proceso y la consecuencia no es al cien por ciento como lo planeas porque siempre hay partes tapadas y la otra parte es la que el espectador encuentra.

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Supimos que, recientemente, en la Galería Drexel presentaste Cromograma, trece obras, pinturas y partituras, por esa complicidad que tienes de mezclar la manipulación digital y la tecnología, con las ideas que van más allá, incluso del new art. Platícanos un poco de ello.

Esta exposición es diferente a las otras. Tengo una niña de más de un año y cuando empecé a trabajar en ella, mi hija tenía pocos meses y se muestra parte de esto en la obra. Mi producción es muy reducida —si lo quisieras ver así—. Hago trece piezas por año, como en Cromograma. Porque es encintar, son óleos y hay que dejar que se sequen, pieza por pieza, etcétera.

Yo trabajaba en otra galería y me cambié a Drexel y tuve qué ver cómo adecuar mi producción a ese espacio, porque no se trata de llenar por llenar. Tienes qué prever que la pieza va a terminar en casa de algún coleccionista; hay que pensar en la presentación total. Entonces hice un boceto y empecé a trabajar. Tenía dos líneas: una de colores muy estridentes y otra de colores contemplativos, que son las piezas circulares que hice. Esas piezas no están completamente vinculadas, pero sí tienen que ver con el nacimiento de mi hija. La diferencia se notó, incluso me lo dijeron las personas que llegaron a la exposición y señalaban “estas me recuerdan el cuerpo, la gestación”.

¿En qué partes se ha presentado tu obra?

Se ha expuesto en Dubái. Cuando se expuso ahí fui de viaje, de vacaciones, y casualmente vi las piezas en la galería. Cuando fui les escribí y les dije que quería conocer la galería para presentarme con ellos. Yo no sabía de la exposición y menos que iba a ver obras mías ahí porque la galería tiene filiales en Singapur, Mónaco, Hong Kong, Miami, Los Ángeles, y muchos otros lugares más.

Todos los artistas quieren entrar a las galerías consolidadas y con proyección internacional. Si eso estás buscando —yo lo hacía—no es lo que quisieras para tu obra, pues están las galerías locales, aunque, te repito, yo sí buscaba una proyección que hiciera que mi trabajo se fuera conociendo en todos lados. Expuse en Hong Kong, en París, junto a piezas de Damien Hirst, Botero —aunque contemporáneo es más conservador—, en Nueva York, en Bolivia, Viena, pero Dubái fue así como sorpresivo porque yo no sabía que iba a encontrar una pieza mía en esa exposición.