Al momento de abordar el síndrome de Williams – la condición genética que afecta la función cardiovascular, percepción visual, destreza, crecimiento y habilidad para aprender – los especialistas suelen concentrarse en los aspectos más duros del trastorno pero acostumbran dejar de lado el costado emocional de la alteración. También llamado monosomia 7, el síndrome de Williams es causado por una pérdida de material genético en el cromosoma 7 y fue descrito por primera vez en 1961 por el cardiólogo neozelandés John Williams y paralelamente por el pediatra alemán Alois Beuren.
El trastorno de origen genético no hereditario afecta igualmente a hombres y mujeres y no tiene preferencia étnica. Sus síntomas más destacados consisten en un retraso general en el desarrollo mental y un estrechamiento de la aorta en la cercanías del corazón.

Pero sin lugar a dudas es la apariencia facial denominada “élfica” con un alargamiento de las facciones caracterizado por una boca ancha, nariz respingada, mentón reducido y la hinchazón presente en el contorno de los ojos – con un patrón inusual de iris en forma de estrella – son los rasgos que suelen distinguir a quienes padecen de síndrome de Williams.
Tan poderosa es dicha compulsión que la rutina diaria de quienes padecen la mencionada condición genética se puede ver marcada por demostraciones abruptas de afecto hacia desconocidos, las cuales pueden llegar a generar reacciones negativas en un mundo donde dicho comportamiento puede ser mal recibido.
Debido a la rareza de la condición y al hecho de que según estimaciones afecta a solo 1 entre 10.000 personas, poco se conoce a nivel masivo de la alteración genética.

Via: Infobae