La historia inmersa en cada una de las piezas de Ambar que se encuentran en el mercado, es hasta cierto punto deprimente, debido a las condiciones infrahumanas con la que trabajan los mineros, encargados de extraerlas de los yacimientos del norte de Chiapas, específicamente en el municipio de Simojovel de Allende.

De acuerdo con registros prehispánicos, esta resina fósil que es proveniente de árboles de un ancestro del “guapinol” (Hymenaea courbaril), especie que abundó hace más de 20 millones de años. Este precursor del guapinol, se desarrolló en las tierras altas de Chiapas, las que durante el mioceno temprano, no sobrepasaba los pocos metros del nivel del mar dentro de un sistema de manglares. En el período cretácico, el embrionario territorio chiapaneco estuvo sometido a numerosas erupciones volcánicas y movimiento de placas tectónicas, que elevaron el suelo llegando hasta los 550 metros sobre el nivel del mar, en la zona minera de Simojovel, misma que conserva hasta ahora.

Este ancestro del guapinol en su proceso evolutivo, se vio sometido, no solo a la elevación de su hábitat, sino a continuos incendios forestales que le hicieron desarrollar la capacidad de secretar un tipo especial de resina, como mecanismo autorregulador de su temperatura, propiedad que transmitió de generación en generación y que favoreció la producción del ámbar al fosilizarse.

Se relata que la resina fósil se podía encontrar sobre el suelo de esta región, así como de otros puntos de esta entidad mesoamericana, pero luego de la explotación por más de 700 años como lo marcan escritos mexicas y novohispanos, en la actualidad, se tiene que extraer del interior de la tierra.

Algunas minas tienen profundidades mayores a los 300 m en línea recta y descendente, otras pueden alcanzar más de 500 m, con altitudes que van de entre los 2 m hasta 70 cm, dependiendo de la orografía de cada una de estas betas.

En las montañas, se pueden apreciar desde la carretera los agujeros que son las puertas de acceso a estas minas de ámbar, cada una con propietarios diferentes, pese a permanecer abiertas todo el tiempo, son espacios que se respetan, pues nadie se mete sin permiso o el pago de los derechos de extracción, algunas de estas excavaciones con betas importantes de ámbar, otras, por el contrario, con pocos yacimientos pero que siguen siendo explotadas con la esperanza de poder encontrar riqueza.

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Jeremías Rodas Álvarez, es un joven que, desde edad muy temprana, prácticamente al terminar su educación primaria, por la necesidad de sobrevivir ante la pobreza de su familia, se dedica a la extracción del ámbar, en las minas de Simojovel, actualmente trabajando en Pauchil Los Cocos.

Asegura que durante los años que lleva trabajando en esta peligrosa actividad, han muerto familiares y amigos o algunos sufrido lesiones graves -quienes tienen suerte de seguir con vida-, debido a la falta de seguridad y protocolos de trabajo con los que se realizan estas extracciones, con técnicas que provienen desde hace varios miles de años.

Algunas personas afirman que existen alrededor de tres mil minas de ámbar, en el territorio de Simojovel, algunas abandonadas ante la nulidad de hallazgos de resina fosilizada.

En su testimonio, el minero Jeremías nos platicó que, desde muy temprana hora, inicia su labor caminando por veredas a la orilla de la montaña, con el ruido de las hojas secas del camino, para dirigirse a su lugar de trabajo, tal y como lo realizan sus cientos de compañeros mineros.

Los bajos sueldos y la escasés de trabajos, ante su falta de preparación, lo orilló a esta actividad de alto riesgo, en la que asegura, es poca la ganancia y muy alto el nivel de peligrosidad.

A parte de las de “Pauchil Los Cocos”, existen otras minas ubicadas en la comunidad denominada “Los Pocitos”, lugar en el que por la mañana y durante todo el día, se registra el ingreso uno a uno, por los túneles que corresponden a cada quien, sacando “cascajo”, revisado previamente para ver si no existen pequeños trozos de ámbar.

Tal y como si se tratara de un hormiguero, desde el aire, se puede apreciar la entrada y salida de los hombres con carretillas, que extraen del interior de los túneles de las minas, la tierra que se va desprendiendo de las paredes a golpe de marro y cincel, con poca luz, casi a ciegas.

En años anteriores, el ingreso de comerciantes asiáticos a la región de Simojovel de Allende, provocó una sobre explotación de esta resina fósil, encareciendo el producto, de acuerdo a la calidad y pureza de las muestras, lo que estimuló en forma desmedida el deseo de la población a dedicarse a la extracción del ámbar y que, sin experiencia alguna, pero con una gran necesidad económica, se comenzaron a dedicar a esta peligrosa actividad, lo que provocó muchos y graves accidentes.

Con el flujo de trabajadores del exterior del poblado, ajenos a las prácticas tradicionales ancestrales, se desataron vicios y fiebre económica en toda la región, causando desordenes sociales y problemas entre los pueblos, aseguran habitantes de Simojovel.

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Hoy en día, el comercio del ámbar, ha regresado a su normalidad, los mercaderes asiáticos abandonaron súbitamente la región y con ellos, se fue la derrama económica que causó daños sociales, volviendo a la explotación normal de la resina, con precios bajos y hasta cierto punto ventajosos para los mayoristas.

El interior de la mina es húmedo y extremadamente caluroso, mientras más te adentras en ella, más te envuelve la oscuridad, la respiración se agita y dificulta un poco y el calor aumenta más.

En la caminata que el equipo de Primer Plano Magazine realizó al interior de las minas, se observaron pequeños derrumbes, montículos de cascajo a los costados del túnel, cascajo que de alguna manera ayudan a soportar las paredes de la excavación, pero también, curiosamente, se encuentran al paso vestigios de herramientas antiguas y corroídas, que según nos comenta nuestro anfitrión, fueron propiedad de aquellos que en su momento quedaron sepultados bajo los escombros de derrumbes y permanecen ahí, como recuerdo de su existencia.

Palas o carretillas, así como botes de PET vacíos o semi llenos con fluidos corporales, son parte del escenario.

Cuerpos sudorosos trabajan con pequeñas lámparas en el interior de las minas, lámparas que han sustituido a las pequeñas velas que se usaban anteriormente, sudor y miedo; pensando estos hombres, tal vez, en la suerte que tienen de seguir trabajando pues cada minuto al interior de las minas se resta al reloj de la vida.

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