Primer Plano Magazine/Noé Juan Farrera Garzón. – La historia de la aviación en Chiapas no solo es un recorrido gráfico-documental sobre la llegada y evolución de los primeros vuelos en el estado; es también una ventana a las memorias vivas de hombres y mujeres que vieron cómo el cielo se volvía camino, puente y esperanza.

Este testimonio colectivo de fotografías históricas, rescatadas de portales de internet, rescata las huellas que la aviación dejó no solo en los archivos históricos, sino en la vida cotidiana de familias enteras que vivieron esa transformación desde abajo, con los pies en la tierra y la mirada puesta en los cielos.

Todo comenzó el 20 de abril de 1924, cuando el Capitán Piloto Aviador Pablo L. Sidar aterrizó su aeronave en el primer campo de aviación de Chiapas, conocido como “El Aguacate”, en Tuxtla Gutiérrez, donde hoy se ubica el Hospital Materno Infantil. Desde entonces, la aviación se convirtió en una necesidad vital para un estado montañoso y de difícil acceso por tierra. Así nacieron las primeras rutas aéreas, que no solo llevaban pasajeros, sino también sueños, comercio y noticias.

Para muchos chiapanecos, las avionetas no eran lujo ni aventura, eran parte del día a día. Don Ernesto Jiménez, originario de Yajalón, recuerda cómo su padre empacaba chicle, piloncillo y animales de patio en costales que eran enviados en avioneta a Tuxtla o Villahermosa, mientras los niños corrían a la pista de tierra a ver cómo aterrizaban y despegaban esas “aves de metal” que traían productos, cartas y esperanza. “Mi abuelo decía que cuando escuchaba el motor de la avioneta, era como si llegara el correo de Dios”, cuenta con una sonrisa.

Municipios como Salto de Agua, Lacanjá y Yajalón se convirtieron en verdaderos nodos aéreos. Las pistas eran de terracería, y en muchas ocasiones, compartidas con ganado o niños jugando. En Tuxtla Gutiérrez, el aeropuerto Pablo L. Sidar fue durante años el corazón aéreo de la ciudad, hasta que fue sustituido por el aeropuerto Francisco Sarabia en 1958, en lo que hoy conocemos como Terán. Incluso aún se conservan vestigios de la torre de control en un antiguo edificio industrial.

Debemos honrar a figuras entrañables como Don Francisco Sarabia Tinoco, considerado el piloto más importante de México, así como a otros pioneros como el Capitán Jorge Luna, el Capitán Jesús Ortega y el maestro Romeo Estrada. Sin embargo, el verdadero espíritu de esta muestra vive en los relatos anónimos: como el de doña Lupita, de Lacanjá, que recuerda cómo su esposo enviaba aves de corral por aire a Palenque para venderlas en el mercado; o el de Rafael, joven guía turístico, cuyo bisabuelo fue encargado de una pista aérea en la selva lacandona, cuidando que ningún jaguar la cruzara cuando venía el avión.

Esta publicación y las fotografías con créditos a cada uno de sus autopres, nos devuelve al pasado con olor a tierra mojada y sonido de hélices, como un homenaje al Chiapas que voló antes de tener carreteras, al Chiapas que confió en el cielo como camino y que hoy, gracias a su historia, sigue elevándose hacia el futuro.
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