Cuando el santo habla
Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón.- En Chiapa de Corzo, la Fiesta Grande no se entiende sin el prioste. Y menos aún sin la voz de quienes han vivido esa responsabilidad desde adentro, sin poses ni adornos. La profesora Jasiel Sarahí Nangullasmú Sánchez, priosta en dos ocasiones con 18 años de diferencia, narra una experiencia que va más allá de la organización de la fiesta: es una vivencia espiritual que transforma la vida cotidiana.

Para ella, recibir nuevamente a San Sebastián no fue una casualidad. La primera vez obedeció a una manda; la segunda, a la decisión consciente de sus hijos, ya adultos, de vivir esa experiencia. “No hay trámites ni papeles —explica—, solo la iniciativa y el deseo de tenerlo en casa”. Así, el santo llegó otra vez al hogar, no como objeto, sino como presencia viva.

La priosta describe cambios evidentes con el paso del tiempo: la modernidad, la competencia entre priostes y la presión social. Sin embargo, su familia decidió mantener las formas tradicionales. No usaron custodios; permitieron que niños, jóvenes y adultos cargaran la imagen como acto de fe personal. Hubo críticas, sí, pero también serenidad: la imagen llegó y se entregó intacta. “El parachico no va a dañar al santo —afirma—, va a bailarle”.
Uno de los ejes centrales del priostazgo es la hospitalidad. La casa permanece abierta los 365 días del año y la comida se comparte como manda la costumbre. No para lucrar, sino como un gesto simbólico de devoción. Incluso ante la escasez de trastos de barro y la necesidad de usar desechables, la intención fue clara: que nadie se quedara sin alimento.
Pero es en el plano espiritual donde su testimonio cobra una fuerza particular. La priosta habla de sonrisas en el rostro del santo, de sueños compartidos con su hija, de manchas que desaparecieron al limpiarlo con cuidado, de agua que brotó de la imagen en enero, frente a sacerdotes y fieles. Hechos que no busca imponer, pero que define con una sola palabra: fe.
Durante el año que San Sebastián permaneció en su casa, llegaron personas de distintos lugares a agradecer favores, incluso la curación de un cáncer. Para ella, eso confirma que el prioste no es un actor secundario. Es guardián, mediador y servidor. “El parachico brilla, pero el prioste sostiene la fiesta”, sentencia.
La profesora también lanza una advertencia clara y sin rodeos: la Fiesta Grande corre el riesgo de vaciarse de sentido cuando se impone el alcohol, la violencia y el olvido de su raíz religiosa. Defender la tradición —dice— no es cerrarse al presente, sino cuidar los detalles que la hacen auténtica.
Al entregar a San Sebastián, la familia vivió un duelo. “Es como cuando se va alguien querido”, confiesa. Aun así, queda la certeza de haber cumplido. Porque en Chiapa de Corzo, ser prioste no es organizar una fiesta: es abrir la casa, el corazón y la vida entera. Y eso, hoy más que nunca, merece ser contado.
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