Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón. – Cada 8 de agosto, Chiapa de Corzo reafirma uno de los episodios simbólicos más antiguos de su calendario festivo: la representación de la batalla entre Alférez y Naguarés. No se trata únicamente de un acto escénico, sino de una práctica ritual que enlaza memoria histórica, religiosidad popular y sentido de pertenencia.

Alférez y Naguarés / Primer Plano Magazine

La fecha coincide con la festividad de Santo Domingo de Guzmán, patrono del pueblo, cuya devoción llegó con la orden dominica en el siglo XVI y dejó una huella profunda en la configuración cultural de la antigua Chiapa de los Indios.

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La escenificación se desarrolla en la explanada contigua a la Iglesia de Santo Domingo, espacio que antiguamente formó parte del camposanto y que hoy funciona como punto de reunión comunitaria. Ahí, los Alférez —que evocan a los jinetes europeos— y los Naguarés —nombre que proviene del término chiapaneca Na’guaré, “máscara o cara de palo o madera”— recrean un enfrentamiento ritual con machetes.

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Más que representar una confrontación literal, la escena condensa el proceso histórico de contacto y resistencia entre pueblos originarios y colonizadores, reinterpretado desde la tradición local.

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Por la mañana, niñas y niños montados en caballitos de madera abren la jornada. Su participación no es decorativa: es el mecanismo mediante el cual la tradición se transmite generacionalmente. Al ritmo del tambor y el carrizo, los pequeños reproducen los movimientos que más tarde ejecutarán los adultos.

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Por la tarde, hombres jóvenes y mayores realizan varias pasadas a trote lento antes de encontrarse en el centro del espacio para entrechocar sus machetes en una coreografía que combina destreza, disciplina y respeto por la costumbre.

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Previo al enfrentamiento, quienes representarán a ambos bandos se concentran en casa de los patrones. Ahí se caracterizan, ajustan máscaras y monteras —que reaparecen públicamente tras haber sido guardadas después de la Fiesta Grande de enero— y parten en grupo para recoger el estandarte, visitar ermitas y finalmente dirigirse a Santo Domingo. Este recorrido refuerza el carácter religioso del acto y subraya que la batalla simbólica forma parte de un entramado mayor de prácticas devocionales.

Especialistas como Nereo Nigenda y Mario Nandayapa han señalado que esta representación conserva una estructura poco alterada a lo largo de más de un siglo. A diferencia de otras expresiones que han ampliado su presencia en distintos contextos festivos, la batalla de Alférez y Naguarés se realiza exclusivamente el 8 de agosto, lo que fortalece su carácter ritual y su sentido de fecha única.

La mayoría de los participantes son originarios de Chiapa de Corzo, lo que refuerza la dimensión comunitaria de la práctica: no es una representación pensada para el turismo, sino una afirmación de identidad que luego es compartida con quien quiera presenciarla.

En tiempos en que muchas celebraciones se adaptan a la lógica del entretenimiento, la batalla entre Alférez y Naguarés mantiene su esencia como testimonio vivo de la memoria histórica local. Cada machetazo simbólico, cada trote lento y cada estandarte levantado recuerdan que la identidad de Chiapa de Corzo no es un discurso abstracto, sino una construcción colectiva que se actualiza año con año en la explanada de Santo Domingo.

 

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