Dos maneras de mirar el mar: Chiapas y Oaxaca

- Las costas de Chiapas y Oaxaca no se parecen. No sólo por su geografía, sino por lo que representan para quien las visita.

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Chiapas y Oaxaca / Primer Plano Magazine

Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón. – En Oaxaca, destinos como Puerto Escondido o Bahías de Huatulco han crecido bajo una lógica clara: ofrecer comodidad, servicios completos y experiencias, pensadas para el visitante que busca descanso sin renunciar al confort.

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Se puede traducir como hoteles, restaurantes, tours organizados y una infraestructura que permite disfrutar el mar sin sobresaltos. Es un modelo que funciona y que ha colocado a ese litoral en el mapa internacional no obstante para muchos, con ello lograr una pérdida de identidad como pueblo originario.

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En Chiapas, en cambio, el panorama es otro. Lugares como Boca del Cielo, Puerto Arista o Barra de Zacapulco no han sido moldeados por la misma dinámica. Aquí el visitante se encuentra con playas amplias, con tramos donde el mar parece no tener dueño y donde los manglares, como los que rodean La Encrucijada, siguen marcando el ritmo del paisaje.

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No hay grandes complejos ni una oferta excesiva. A veces faltan servicios. A veces el acceso es más rústico. Pero también hay algo que cada vez es más escaso: silencio, espacio y contacto real con la naturaleza.

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Y es justamente ahí donde aparece una diferencia interesante en la forma de entender el turismo.

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Durante años, en México se nos ha enseñado a asociar el viaje con el consumo. Las campañas, la publicidad y el propio modelo turístico, nos han repetido que descansar implica pagar por experiencias, por comodidad, por entretenimiento constante. Que el destino ideal es aquel que ofrece más, que tiene más opciones, más servicios, más actividad.

 

Muchos visitantes extranjeros llegan con otra idea. No buscan necesariamente el bar frente al mar, ni el hotel con todas las amenidades. Buscan tranquilidad. Buscan desconexión. Buscan paisajes donde no todo esté intervenido.

Mientras nosotros solemos ver limitaciones donde no hay infraestructura, ellos suelen ver autenticidad. Donde nosotros notamos ausencia de servicios, ellos encuentran calma. Donde nosotros pensamos que “falta desarrollo”, ellos descubren un entorno que todavía no ha sido transformado por completo, disfrutan de la identidad.

En esa diferencia de mirada está una de las claves para entender el valor de las playas chiapanecas. Aquí el mar no está domesticado. La experiencia no depende de un paquete turístico. Depende del entorno mismo: del viento, del sonido de las olas, de la convivencia con comunidades costeras, de la presencia de aves, esteros y vegetación que aún forman parte del día a día.

La belleza de nuestras costas muchas veces pasa desapercibida porque no responde al modelo que nos enseñaron a desear. Pero vista desde otra lógica —la de quienes buscan paz más que entretenimiento—, Chiapas ofrece algo que cada vez es más difícil de encontrar: un litoral donde el descanso no se compra, se vive.
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