El arte perdido del cigarrito de manojo
El arte perdido del cigarrito de manojo / Primer Plano Magazine
Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón.- En comunidades de Chiapas, particularmente en Tuxtla Gutiérrez, persisten en la memoria oral prácticas cotidianas que hoy parecen lejanas, pero que durante décadas formaron parte esencial de la vida rural. Una de esos saberes es la elaboración del llamado “cigarrito de manojo”, una tradición doméstica que combinaba trabajo, ingenio y recursos naturales, documentada a partir del testimonio de don Francisco Velázquez de la Cruz.
El arte perdido del cigarrito de manojo / Primer Plano Magazine
El arte perdido del cigarrito de manojo / Primer Plano Magazine
Según comparte, este oficio era común entre amas de casa, quienes no solo sostenían el hogar, sino que también hilaban, tejían y elaboraban estos cigarros artesanales destinados al consumo familiar. El proceso iniciaba con la siembra de tabaco en pequeñas parcelas o macetas, generalmente para uso propio, sin fines comerciales.
La preparación del cigarrito requería técnica y paciencia. El tabaco se cosechaba, se dejaba secar y posteriormente se picaba a mano. Para envolverlo, se utilizaba el totomoste —la hoja seca de la mazorca de maíz—, seleccionando las capas más finas. Como adhesivo, se empleaba el “masú”, una sustancia tradicional que funcionaba como pegamento natural.
El toque distintivo estaba en su aroma. De acuerdo con el relato, se añadían hojas tiernas de higo y cogollo de lima, lo que aportaba una fragancia particular al momento de fumar. Incluso, el tabaco era “soplado con trago”, una práctica que intensificaba su sabor y carácter.
Estos cigarros no eran un lujo, sino una necesidad cotidiana. Se preparaban para quienes trabajaban en el campo durante largas jornadas, especialmente en tiempos de siembra o rastrojo, donde podían permanecer días enteros lejos de casa. El cigarrito de manojo acompañaba el esfuerzo, el descanso y la vida comunitaria.
Hoy, esta práctica se diluye en el paso del tiempo. Sin embargo, su valor permanece intacto: representa una forma de vida basada en la autosuficiencia, el conocimiento heredado y la profunda conexión con la tierra. Como bien deja entrever el testimonio de don Francisco Velázquez de la Cruz, rescatar estas historias no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de identidad. Y en Chiapas, eso pesa… y mucho.

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