Primer Plano Magazine/Noé Juan Farrera Garzón. – Las alfombras de aserrín de Tuxtla Chico representan una de las manifestaciones más emblemáticas del sincretismo cultural y religioso en Chiapas. Cada año, durante la Feria en honor a Santa María de Candelaria, las calles de este municipio fronterizo se transforman en un inmenso lienzo donde la fe, el arte popular y la identidad comunitaria convergen para dar vida a una tradición que ha trascendido generaciones y fronteras.

Esta expresión comenzó en 1994, cuando dos mujeres católicas de la localidad decidieron adornar el frente de sus hogares con sencillas alfombras elaboradas con flores para honrar el paso de la Virgen de la Candelaria. Con el paso de los años, aquella iniciativa creció gracias al entusiasmo de los vecinos, evolucionando hacia la creación de impresionantes tapetes confeccionados con aserrín teñido de intensos colores, convirtiéndose en una de las imágenes más representativas de la festividad.

La elaboración de estas obras efímeras requiere varios días de preparación. Familias enteras participan en la compra del aserrín y la anilina, el diseño de los patrones y la fabricación de moldes de triplay que permiten plasmar figuras de gran precisión. Entre los motivos más comunes destacan flores, representaciones de la Virgen de la Candelaria, aves como el quetzal, ajolotes y otros elementos naturales y culturales que reflejan la riqueza del patrimonio chiapaneco.

El aserrín, obtenido de aserraderos de la región, es mezclado con agua y pigmentos para fijar los colores antes de ser cuidadosamente colocado sobre las calles. En algunos tramos también se incorporan hojas de corozo, semillas y otros materiales naturales que enriquecen la composición y aportan textura a cada alfombra.

El momento culminante llega el 2 de febrero, cuando la imagen de la Virgen de la Candelaria recorre cerca de dos kilómetros por las principales calles de Tuxtla Chico. La procesión, considerada una de las más importantes de la frontera sur de Chiapas, inicia alrededor de las ocho de la noche y concluye durante la madrugada, mientras miles de visitantes contemplan cómo la imagen avanza sobre los coloridos tapetes, que simbolizan una ofrenda de fe y devoción. A lo largo del recorrido, la celebración se complementa con castillos y toritos de pirotecnia instalados por los propios habitantes, quienes mantienen viva una tradición profundamente arraigada.

Más allá de su valor religioso, las alfombras de Tuxtla Chico reflejan un notable sincretismo cultural. Si bien la festividad está dedicada a una advocación mariana del catolicismo, en los diseños también se integran elementos propios de la naturaleza, la fauna regional y símbolos de la identidad chiapaneca, evidenciando la fusión entre las tradiciones indígenas y las expresiones religiosas introducidas durante la época colonial. Esta combinación ha dado como resultado una manifestación artística única, donde la creatividad popular fortalece el sentido de pertenencia y preserva el patrimonio cultural de la región.

Aunque las alfombras de aserrín forman parte de otras celebraciones en distintos municipios de Chiapas y de México, Tuxtla Chico se ha consolidado como uno de los principales referentes de esta tradición. Año con año, visitantes nacionales y extranjeros llegan para admirar estas efímeras obras de arte que, durante unas cuantas horas, convierten las calles del municipio en un escenario lleno de color, espiritualidad y belleza, reafirmando el valor del turismo cultural como una vía para conocer y preservar las tradiciones que distinguen a Chiapas.
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