Primer Plano Magazine/Noé Juan Farrera Garzón. – En las montañas de Simojovel de Allende, donde nace el famoso Ámbar de Chiapas, cada jornada de trabajo representa un silencioso ritual entre la vida y la muerte. Antes de que esta resina fósil de más de 25 millones de años se transforme en una joya admirada por visitantes de todo el mundo, decenas de mineros descienden diariamente por estrechos túneles excavados de manera artesanal, enfrentando la oscuridad, el calor y el constante riesgo de derrumbes.

El recorrido hacia el interior de las minas revela una realidad pocas veces conocida por el turismo. Con lámparas en la frente, marros, cinceles y carretillas, los trabajadores avanzan por galerías donde el silencio solo es interrumpido por el golpe de las herramientas contra la roca. Entre los pasadizos permanecen herramientas antiguas que recuerdan a quienes perdieron la vida bajo los escombros, convirtiendo cada descenso en un acto de respeto hacia quienes hicieron de la minería del ámbar su forma de subsistencia.

El ámbar chiapaneco, originado a partir de la resina fosilizada de antiguos árboles del género Hymenaea, ha sido apreciado desde la época prehispánica por su belleza y valor cultural. Actualmente cuenta con la Denominación de Origen «Ámbar de Chiapas», reconocimiento que distingue la calidad de una de las gemas orgánicas más importantes de México.

Visitar Simojovel no solo significa adquirir una pieza de ámbar auténtico, sino también comprender la historia, el esfuerzo y el sacrificio de quienes la extraen de las entrañas de la tierra. Detrás de cada gema existe un legado de trabajo, tradición y valentía que forma parte del patrimonio cultural de Chiapas y que invita a valorar, más allá de su brillo, la vida de los hombres que la hacen posible.
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