Primer Plano Magazine/Noé Juan Farrera Garzón. – En Chiapas, la llegada de noviembre transforma los espacios ceremoniales, las ermitas y los altares familiares en escenarios de profundo significado cultural. Entre aromas, colores y antiguas costumbres, una flor ocupa un lugar especial en la memoria del pueblo zoque: la musá, símbolo de identidad, respeto a los antepasados y continuidad de una tradición que ha sobrevivido al paso de las generaciones.

Conocida en buena parte de México como cempasúchil o flor de muerto, la flor de musá conserva una denominación propia dentro de la tradición zoque de la Depresión Central de Chiapas, particularmente en Tuxtla Gutiérrez, Copoya y El Jobo, donde su presencia está estrechamente relacionada con las celebraciones de Todos Santos y Día de Muertos.

Para algunos tradicionalistas orales, también es llamada musajoyó o musa-joyó, esta flor corresponde a la especie Tagetes erecta L., perteneciente a la familia Asteraceae. Se distingue por sus tonalidades amarillas y anaranjadas, su aroma intenso y su floración durante los meses que anteceden a las conmemoraciones dedicadas a los difuntos.

Sin embargo, para las comunidades zoques, su importancia va mucho más allá de sus características naturales. La musá representa un vínculo simbólico entre quienes permanecen en este mundo y aquellos que han partido, convirtiéndose en una expresión de respeto, pertenencia y memoria colectiva.

En Tuxtla Gutiérrez y las comunidades de herencia zoque, esta actividad reúne a familias, participantes de las celebraciones tradicionales y personas comprometidas con la conservación de sus costumbres. Más que una labor ornamental, la elaboración de las ensartas constituye un momento de convivencia y transmisión de conocimientos entre generaciones.


Cada flor que se incorpora a estas guirnaldas forma parte de una expresión colectiva de respeto hacia los difuntos. Su aroma y color acompañan las ceremonias de noviembre, mientras los espacios sagrados adquieren una imagen que distingue las celebraciones zoques de otras manifestaciones del Día de Muertos en México.
La musá también ocupa un lugar particular en la gastronomía tradicional. Registros y testimonios de cocineras zoques describen el aprovechamiento de sus pétalos en determinadas preparaciones estacionales, entre ellas tostadas y bebidas tradicionales, por mencionar a algunas recetas, donde aportan color y aroma. Estos usos forman parte de conocimientos culinarios locales que merecen documentarse y preservarse, utilizando únicamente flores aptas para consumo alimentario.
Su aprovechamiento histórico tampoco se limita a los altares y la cocina. A esta especie se le atribuyen aplicaciones como colorante natural para alimentos y textiles, además de usos dentro de la herbolaria popular mexicana. Estos últimos pertenecen al conocimiento medicinal tradicional y no deben confundirse con tratamientos de eficacia clínica comprobada.
Otro aspecto relevante es la permanencia de su nombre ancestral. Mientras gran parte del país identifica esta flor como cempasúchil, entre los portadores de la tradición zoque continúa vigente la denominación musá, testimonio de una herencia lingüística y cultural que permanece presente en la vida cotidiana y ceremonial de Chiapas.
Para quienes visitan Chiapas durante esta temporada, acercarse respetuosamente a estas expresiones constituye una oportunidad de comprender la profundidad histórica de las comunidades zoques, cuyo legado continúa manifestándose en ceremonias, conocimientos y costumbres transmitidos de generación en generación.
La musá no es solamente una flor de temporada. Es memoria, identidad y tradición. Su presencia en los altares recuerda que, para el pueblo zoque, honrar a los difuntos también significa mantener vivos los conocimientos de los antepasados y fortalecer los lazos que unen a la comunidad.
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