Desde Pijijiapan (Chocohuital) hasta Mazatán (Barra San Simón) —pueblos de Soconusco—, se localiza una de las regiones de humedales más rica, diversa y productiva de México: la Reserva de la Biósfera La Encrucijada.

Un paraíso formado por una interminable y extensa red de manglares conectados por caminos, senderos y meandros de agua que forman un verdadero laberinto de incontables canales bordeados por gigantes murallas verdes entrelazadas con esteros, lagunas y pantanos que corren paralelos a la costa y dan forma a su indómita geografía vegetal.

El abrazo entre las aguas someras de los ecosistemas costeros y las aguas cristalinas que bajan de las cuencas serranas, sumados al perpetuo calor y la alta humedad en el litoral del trópico chiapaneco favorecen el nacimiento de este paraíso natural que constituye el sistema de humedales de mayor relevancia en la costa del Pacífico americano.

Estos humedales costeros, dominados por el incansable ritmo de las mareas y las estaciones del año, tienen fluctuaciones tanto de temperatura como de salinidad que ejercen una fuerte presión selectiva en los animales y vegetales que los habitan.

Durante la época de lluvias, el agua dulce predomina en muchos de los esteros casi hasta llegar a la bocabarra, cerca del mar. En época de secas, el agua salada impera en casi todos los esteros, aunque en las partes más altas el agua es dulce todo el año.

La constante pugna entre los diferentes elementos de la naturaleza, ayudada por el inclemente calor y la sempiterna humedad tropical de la costa de Chiapas, rige todos los acordes ecosistémicos y los ritmos biológicos de este fascinante lugar que explota en mil formas que desencadenan una impresionante sinfonía de vida. Solo unas cuantas especies son capaces de desarrollar su ciclo vital completo en estos variables ecosistemas, porque la mayoría de ellas no puede sobrevivir en un ambiente con tantas fluctuaciones.

Es por ello que las especies que permanecen aquí durante todas las estaciones poseen gran tolerancia y capacidad de adaptación a las condiciones cambiantes. Son un claro ejemplo de la selección natural y resultado de procesos evolutivos de miles o millones de años, de ahí la importancia de conocerlos y preservarlos.

Su actual zona núcleo fue habitada hace aproximadamente 6000 años por uno de los grupos humanos más antiguos de Mesoamérica, los concheros de Chantuto. Más al sur, en la región costera de Mazatán, vio surgir a la civilización mokaya (1900 a 1600 a.C.). Existen restos arqueológicos esparcidos en muchas partes de la reserva como testigos fieles del paso de las civilizaciones anteriores.

La reserva siempre ha estado amenazada por la expansión de tierras para actividades agropecuarias. De forma inverosímil, monocultivos como el de la palma africana, lejos de ofrecer un cambio económico positivo a la población, representan posiblemente la mayor amenaza actualmente.

Esto se debe a la destrucción masiva del ecosistema, la alta contaminación infligida a la tierra y el agua debido a la desmedida utilización de agroquímicos, pesticidas y a los desechos de los procesos extractivos del aceite de palma y sus derivados que causan un impacto ambiental irreversible y negativo.

Pese a que el panorama luce triste y desolador para la reserva, distintos faros de esperanza comienzan a brillar en medio de la niebla e iluminan el camino de la conservación, lo que nos lleva a pensar que es posible hallar el justo equilibrio entre las comunidades y su entorno. Esto aseguraría el necesario legado verde que debemos heredar a las generaciones futuras. Infortunadamente, los avances son lentos y la implacable destrucción avanza a pasos acelerados.

Un ejemplo son los pobladores de la comunidad El Castaño (en el municipio de Mapastepec) con su líder, el señor Pablo Valdovinos –reconocido ambientalista-, adoptaron desde hace varios años prácticas de pesca más responsables al cambiar el trasmallo por anzuelos, declarar vedas temporales y determinar la talla de los peces regresando al agua aquellos que no cumplen con el tamaño mínimo.

Estos cambios han tenido excelentes resultados en la actualidad. Pioneros también en los servicios ecoturísticos de la zona, crearon el Centro Ecohostal Costa Verde, donde ofrecen a sus visitantes hospedaje, recorridos acuáticos por los canales de La Encrucijada para conocer los manglares de forma distinta, salidas para la observación de aves con guías comunitarios especializados en el tema y alimentos basados en la gastronomía típica de la costa.

Para nuestra sociedad no es fácil transitar hacia el camino de la sustentabilidad y la conservación ambiental, pero es vital cambiar nuestro rumbo.

Son urgentes el desarrollo y la aplicación de políticas ambientales y prácticas adecuadas que generen una derrama económica que asegure mejoras a las condiciones de vida de las poblaciones locales de manera sustentable, especialmente para los habitantes de lugares con tanta riqueza natural como La Encrucijada.

Textos: BALAM RODRIGO/LEGADO VERDE
Fotografías: Jorge Silva