Valente Molina
Resignificar las humanidades: responsabilidad social.
El orden mundial globalizado privilegió desde los años ochenta del siglo veinte, los programas académicos universitarios en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, con los que se formaron muchas generaciones con perfiles de egreso unidisciplinarios o rígidos. En contraparte, surgieron propuestas de una formación de tipo “híbrido”, que privilegiaban la dimensión humanística para formar a estos tecnólogos como individuos capaces de adquirir y aplicar el pensamiento lógico, crítico y capacidad de relación o sistematización.
Las universidades que adoptaron estos modelos educativos y equilibraron su oferta para transformarse en tecno/humanísticas, tuvieron que fincar su trabajo institucional en el rediseño curricular de planes y programas de estudio; generando asignaturas que estudiaban los procesos sociales, al ser humano, su cultura, sus diferentes épocas y manifestaciones.
Por otra parte, hay instituciones señeras que tuvieron otra realidad desde su fundación y nacieron con esta misión. En México destaca la UNAM con su Coordinación Nacional de Humanidades (1945); o la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en los años setenta. Otras, sin tener el vocablo “humanidades” se orientaron a los diversos procesos sociales como misión académica como la Escuela Nacional de Antropología (1942). Estos claustros académicos fueron el resultado de aquellos personajes que fomentaron y defendieron las humanidades como Antonio Caso, José Vasconcelos o Alfonso Reyes.
En este sentido, recientemente ha estado en el escenario público, un cambio de denominación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, que se incorporará el vocablo “Humanidades”. De acuerdo a la UNICACH esta acción les permitirá tener un nuevo régimen de financiamiento; actualizar su Ley Orgánica, e impartir educación media superior.
Es menester destacar que, la UNICACH establece en su Misión tener “una raíz humanística”. Una mirada a su historia revela y cofirma que, desde 1944 cuando se crea el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (ICACH), su oferta se orientaba ya al estudio de procesos sociales humanos, pues adhirió las escuelas de enseñanza secundaria, preparatoria y normal con especialidades de normal rural, normal superior. Y en 1948 sumó a las escuelas de música, danza, artes plásticas y artes escénicas.
El equilibrio educativo y la misión humanística del ICACH fue más sólida a partir de agosto de 1981, cuando asumió la función de Instituto de Educación Superior. Y para enero de 1995, al transformarse en Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas tenía ya una oferta consolidada que formaba profesionistas en disciplinas que estudiaban la cultura y de las formas de pensar, sentir y actuar.
Dos aciertos fueron la creación de la Facultad de Humanidades en 2014 que ponderó la Historia, la Arqueología y Lenguas; y en 1995 el nacimiento del CESMECA para generar conocimientos sobre la realidad social y la cultura de los pueblos del sur de México y Centroamérica. Desde estos espacios se impulsó la investigación y se impulsaron valores sociales y convicciones humanísticas. Luego entonces, esta nueva denominación para la UNICACH es más bien un asunto de visibilidad y resignifcación de un trabajo académico de muchas décadas, que ha construido su principal fortaleza: el valor de la responsabilidad social como universidad pública.
Cambiar la denominación y resignificar las Humanidades no es un caso aislado en México. En 2019 un grupo académicos propuso (sin éxito) que el CONACyT cambiara su denominación a CONAHCYT (Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnología). Diez años antes, en 2009, el hecho fue diferente. Gracias a la intervención del Observatorio Filosófico de México, se echó atrás la famosa Reforma Integral de la Educación Media Superior (RIEMS) que había eliminado el área de humanidades.
Por lo tanto, esta visibilidad que para las humanidades ha procurado la UNICACH, significará un ensanchamiento del campo de lo humano y del encuentro social transformador. No es una intención de pretendida erudición mediática ni esteticismo lúdico, mucho menos un intelectualismo autorreferencial. Significa poner al frente, en su nombre, el difícil trabajo de comprender los procesos sociales y humanos de Chiapas, a través de escenarios académicos epistemológicos.
Hoy en día, aquellas universidades que realizan ejercicios de transformación o reformas, ya sea en sus estatutos o en sus planes de estudio, han asimilado que poseen el vínculo unívoco de la función sustantiva de investigación con la realidad social. Esta realidad diversa, compleja desde siglos atrás, con realidades discontinuas y profundas necesidades y retos en varios órdenes.
Se trata entonces de la formación de nuevos profesionistas. Dotados de mejores armas intelectuales para poder enfrentar un mundo extraordinariamente difícil como el actual. El humanismo tiene entonces ahora, un nuevo espacio resignificado en Chiapas. George Steiner no se equivocaba, “…más allá de ser un campo académico, el pensamiento humanístico presupone una forma de concebir el mundo y de establecer, una relación peculiar con el tiempo”.
@ValenteMolinaP ,






