Cuando se habla de espeleología, el nombre de Édouard Alfred Martel es inevitable, pues es considerado el padre de la espeleología moderna, Martel marcó un antes y un después en la exploración científica de cuevas y cavernas. Con su trabajo a finales del siglo XIX, fundó la Société de Spéléologie en Francia y sentó las bases para el estudio sistemático de las cavidades subterráneas.

Sin embargo, una reciente y fascinante revelación sitúa a Chiapas como el lugar donde podría hallarse el registro más antiguo de la espeleología moderna en América Latina.

 

En un paraíso ecoturístico, del municipio de Ocozocoautla de Espinosa, se encuentra un paraje tan enigmático como impresionante: la Sima de las Cotorras. Con una profundidad de 140 metros y un diámetro de 160 metros, esta depresión geológica ha cautivado a los visitantes por generaciones.

 

Su belleza natural y su misterio no han pasado desapercibidos para Paco Méndez, espeleólogo chiapaneco que ha dedicado buena parte de su vida a explorar y resguardar este majestuoso rincón del sureste mexicano, hasta convertirlo en el asombroso centro ecoturístico que es hoy en día.

Fue precisamente en el fondo de la Sima de las Cotorras donde se encontró una inscripción que podría cambiar la historia de la espeleología en la región. Grabada con tiza de carbón, la inscripción data del 13 de noviembre de 1897 y relata la estancia de tres hombres: Benjamín y Joaquín Espinosa, y Ezequiel Pimentel, oriundos del municipio de Ocozocoautla de Espinosa.

 

Este hecho, de confirmarse oficialmente, constituiría el registro más antiguo de espeleólogos modernos en América Latina, adelantándose a las exploraciones científicas organizadas en otras partes del continente.

 

Los hermanos Espinosa y Pimentel no contaban con técnicas modernas ni equipo especializado. Sin embargo, su valentía y curiosidad los llevaron a descender hasta el fondo de la sima, enfrentando los peligros de una bajada empinada y abrupta. En su inscripción, dejaron constancia de su hazaña con un toque de humor: «Está muy jodida la bajada y no hay nada». Esta frase, escrita con una ortografía impecable y excelente caligrafía, refleja no solo el ingenio de estos pioneros, sino también su disposición a enfrentarse a lo desconocido.

 

A pesar de los mitos y leyendas urbanas que rodeaban la Sima de las Cotorras, como la creencia de que era la morada del diablo y lugar de pactos sobrenaturales, estos hombres decidieron aventurarse hacia lo desconocido. Su proeza, que permanece escrita en la pared de la cueva, es un testimonio de la curiosidad humana que desafía el miedo y se sumerge en la oscuridad en busca de respuestas.

Este descubrimiento, en palabras de Paco Méndez, resalta la importancia de Chiapas en la historia de la espeleología, colocando a la región en el mapa mundial de la disciplina.

 

Mientras Édouard Alfred Martel desarrollaba en Europa los fundamentos de la espeleología moderna, en América Latina, un grupo de hombres sin formación científica, se adentraba en las profundidades de la tierra, sin saber que sus nombres quedarían grabados en la historia.

 

Chiapas, con su riqueza geológica y su abundante biodiversidad, sigue ofreciendo sorpresas a quienes se aventuran a explorar sus rincones más escondidos. La Sima de las Cotorras, más allá de su belleza y ecología, ahora también es un símbolo de los primeros pasos de la espeleología en nuestro continente.

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