Texto y fotografías: Libertad Rincón

“Hacía muchos años que no se bailaban los cinco días de carnaval, la gente ya no podía salir porque tenía que irse a trabajar por eso ya solo se salían dos días que eran sábado y domingo, pero que alegre que se están logrando estos cinco días de carnaval…” me platicaba el maestro Juan Ramón mientras caminábamos a una de las casas que nos recibiría durante el cuarto día de carnaval.

Fueron cinco días de recorrer las casas de Tuxtla donde el recibimiento de las familias hace estrujar el corazón, son casas que abren sus puertas por el recuerdo de sus padres o madres muertas, madres y/o padres que fueron danzantes, priostes, músicos o que de alguna manera pertenecieron a la comunidad zoque de Tuxtla, familias que han enseñado a sus hijas e hijos a compartir una botanita o una buena jícara de pozol bien frio.

Y en otras casas donde aún nos reciben “las tías o tíos” con aplausos y lágrimas al recordar sus días pasados, donde nos permiten pasar a sus casas, mirar sus retratos y bailar frente a sus altares, gritar vivas a sus vírgenes y santos; familias que nos esperan todo el día y al llegar abren de par en par sus puertas y la algarabía se vuelve una.

“Yo empecé a bailar cuando era un niño, ya tiene como 20 años” me cuenta el maestro Luis Alias, “yo era un chamaquito cuando me traía mi abuelito a bailar, pero éramos muchos, éramos como unas 60 “viejas» (suyuetze’) y como siete penachos aquellas salidas eran un relajo, habían muchas personas que bailaban y míralo hoy somos pocos” me cuenta mientras estábamos sentados después de bailar en una casa en lado norte, y sí éramos pocos y ahí íbamos bajo el sol, pero el gusto era mucho, ese era el segundo día de carnaval, había un penacho y como 8 suyuetze´.

El carnaval Zoque de Tuxtla no es solo arrojar harina a las personas o atiborrarse de “trago” y comida, como en la calle nos ven, nuestro carnaval es un carnaval ritual que nos remota a nuestros orígenes, donde la danza es al compás de la luna y el sol, donde se nos permite visitar a las familias y así identificarnos como pueblo, sonreírnos, platicar, compartir la comida y la bebida, hacernos bromas y reírnos de todos, hasta de nosotros mismos.

El carnaval nos sirve para tener una construcción propia de nuestra identidad un aprendizaje fortalecido por medio de la historia oral donde la danza se aprende llegando a bailar al igual que la música y aunque seamos pocos el aprendizaje se ha construido así fortaleciéndose con las niñas que bailan de alacandu y los niños que bailan de suyuetze, los penachos que serán usados por estas nuevas generaciones y los tambores y carrizos que suenan y enseñan en cada son y que se refuerza con el apoyo de las familias que siguen recibiendo en sus casas al carnaval tradicional zoque de Tuxtla.

Texto y Fotografías de Libertad Rincón Gómez

Tiscota’ hijita porque a tus cortos cuatro años de edad fuiste parte fundamental de esta historia, con tu danza como alacandú contribuyes a escribir más identidad y amor en nuestro corazones. JamaTsuñi.

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