Cuentan nuestras viejas tradiciones en Chiapas, que el día previo al día de San Bartolomé, en el municipio de Venustiano Carranza, el Diablo es liberado como resultado de una antigua carrera entre San Bartolomé y él. Para el cronista e historiador Jorge Coello Avendaño, según la leyenda, por haber perdido la carrera, el Diablo obtiene un permiso para andar suelto a partir de las 11:00 de la noche del 23 de agosto.

Para regresarlo al infierno, es necesario quemar cohetes, triquis, y hacer mucho ruido. En tiempos pasados, la gente solía a la par del bullicio, “saumar” con incienso y encender velas para asegurarse de que el Diablo volviera a su lugar, en el infierno, donde permanece encerrado todo el año.
Esta tradición no es única de nuestra región; en varios lugares del sur de México, como Guerrero, también se cuenta esta historia, en la que San Bartolomé es considerado el padrino del Diablo.
Según la creencia, esta carrera simbólica, les otorga a ambos un vínculo especial, y como resultado, el Diablo es liberado por un breve periodo, causando temor y respeto entre la gente. Durante esta noche, muchos prefieren resguardarse en sus casas, pues se cree que es un tiempo en el que el Diablo anda suelto y pueden ocurrir fenómenos extraños.

Existen relatos donde aseguran que, durante esta noche, se manifiestan fenómenos como tormentas eléctricas, vientos intensos, e incluso serpientes que se alzan erguidas en los campos. Estos sucesos han alimentado el misticismo y el temor en torno a la figura del Diablo, un personaje central en muchas religiones y culturas alrededor del mundo.
En el cristianismo, el Diablo, también conocido como Satanás o Lucifer, es descrito como un ángel caído que se rebeló contra Dios. Se le considera un tentador y un acusador, cuyo propósito es desviar a los humanos del camino del bien. En varios pasajes de la Biblia, como la tentación de Jesús en el desierto y el Apocalipsis, se enfrenta a los planes divinos, aunque al final es derrotado y arrojado al lago de fuego.
En el Islam, el Diablo es conocido como Iblis o Shaytán. Según el Corán, Iblis era un djinn que, por orgullo, se negó a postrarse ante Adán cuando Allah se lo ordenó. Como castigo, fue expulsado del paraíso y desde entonces se dedica a tentar a la humanidad para apartarla del camino de la rectitud.

En el judaísmo, la figura del Diablo es menos prominente, pero aparece en el Tanaj como un acusador en la corte celestial. En el libro de Job, Satanás pone a prueba la fe de Job con el permiso de Dios, demostrando que su papel es más de adversario que de líder del mal.
Otras culturas también tienen figuras que representan la dualidad entre el bien y el mal. En el zoroastrismo, por ejemplo, Angra Mainyu es el espíritu maligno que se opone a Ahura Mazda, el dios del bien, lo que refleja un conflicto cósmico similar al que se ve en las religiones abrahámicas.
El Diablo, en sus distintas versiones, simboliza la oposición al bien y la tentación hacia el mal, siendo una figura compleja y multifacética que varía según el contexto cultural y religioso. Esta tradición que compartimos en el sur de México, en torno a San Bartolomé y el Diablo, es un recordatorio de cómo el folclore y las creencias populares, pueden entrelazarse con la visión global del bien y el mal, creando relatos que perduran a lo largo de generaciones.






