Jarciería
Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón.- En el corazón de la cultura zoque, la memoria de los abuelos aún conserva el aroma del maguey recién raspado y el sonido rítmico del hilado de ixtle. Lo que hoy conocemos como una metrópoli moderna fue, hasta hace apenas unas décadas, un centro neurálgico de la jarciería, un oficio que no solo proveía de herramientas esenciales para el campo, sino que otorgaba a Tuxtla un prestigio artesanal sin igual en la región.
Jarciería / Primer Plano Magazine
A diferencia de la producción en municipios vecinos como Berriozábal, donde el trabajo con fibras vegetales era común, la jarciería tuxtleca se distinguía por su «trabajo fino». Los maestros locales, como el recordado padre del actual consejero de la mayordomía Francisco Velázquez, dominaban una técnica de hilado y tejido que permitía crear morrales, redes, costales y lechuguillas de una delicadeza y resistencia superiores. Mientras que en otros lugares el acabado era rústico, en Tuxtla el ixtle se transformaba en piezas de alta calidad que eran el orgullo de la comunidad.
Ixtle / Primer Plano Magazine
Este proceso era integral: el jarciero no solo tejía, sino que era un «jarciero en toda su extensión», encargándose desde el cultivo del maguey hasta el raspado de la hoja para extraer la fibra pura. Uno de los puntos emblemáticos de esta labor era el predio conocido como «El Cocal», propiedad del exgobernador Rafael Pascasio Gamboa, donde se concentraban cuadrillas de raspadores que procesaban la materia prima que luego vestiría y serviría al pueblo.
Fuente del Magueyito / Primer Plano Magazine
La geografía de este oficio estaba trazada por la abundancia de magueyales en zonas que hoy ocupan barrios residenciales y comerciales. Sin embargo, la jarciería comenzó su declive irreversible hacia mediados del siglo XX. La causa principal fue el crecimiento desmedido de la mancha urbana, que devoró los campos de cultivo y desplazó a los artesanos. Con la pérdida de la materia prima y la falta de interés de las nuevas generaciones por un oficio que exige una disciplina rigurosa, los talleres familiares cerraron.
Hoy, el panorama es desolador para esta tradición. Dentro de la Mayordomía Zoque, solo se reconoce a una persona, Marcos Manuel Martínez, con el conocimiento necesario para elaborar lazos y reatas tradicionales. La jarciería ha pasado de ser el motor económico y cultural de los barrios de Tuxtla a convertirse en un recuerdo resguardado en baúles o en fragmentos de entrevistas que claman por no ser olvidados, recordándonos que, bajo el pavimento, alguna vez floreció el maguey.
Crédito de fotos antiguas a quien corresponda.

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