Chiapa de Corzo, un atractivo pueblo en el centro de Chiapas, en el Sureste de México, alberga una tradición única y ancestral, que se manifiesta a través de la «topada de flor,» una procesión de ocho días, que culmina en la elaboración del altar del niño Jesús, conocido como el niño florero.

Esta actividad, representa un fascinante sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y el cristianismo, impuesto por la conquista española.

La topada de flor, tiene lugar del 14 al 21 de diciembre de cada año, cuando decenas de personas, lideradas por el «patrón de los floreros», don Tomás Nigenda, emprenden una travesía a las montañas de los altos de Chiapas, su misión, es recolectar tercios de flores de Niluyarilu, Nuri Rosa y Mazorca. Estas flores se convierten en la materia prima para la construcción y decoración del altar del niño Jesús, en la iglesia principal de Chiapa de Corzo el 22 de diciembre.

La leyenda asociada a esta tradición, es poética y mística, según la narrativa, “el sol y la luna se introdujeron sobre las aguas, dando origen a un niño, representado en la flor de Niluyarilu, la forma de la flor, se asemeja a la mano del niño, y la leyenda sugiere, que aquellos que van en busca de esta flor, lo hacen para adornar el nacimiento del niño florero. El sol, representado como el padre, brinda calor eterno al niño, mientras que la luna, personificada como la madre, vela por su cuidado. El niño se queda solo después de que ambos se sumergen en las aguas, pero eventualmente se transforma en una planta”.

Esta leyenda encierra un sincretismo fascinante, fusionando elementos prehispánicos con la iconografía cristiana, introducida por los conquistadores españoles; la topada de flor se convierte así en un ritual que conecta la espiritualidad indígena con la fe católica, creando una expresión cultural única.

Aunque algunos historiadores consideran la topada de flor como una actividad prehispánica que se adaptó al cristianismo, la importancia de preservar esta tradición es incuestionable.

La topada de flor no solo es un evento religioso sino también un testimonio vivo de la riqueza cultural de Chiapa de Corzo, la transmisión de estas prácticas de generación en generación contribuye a la identidad de la comunidad y refuerza el tejido social.

Sin embargo, la topada de flor no está exenta de controversias; algunos críticos sostienen que la recolección de flores, amenaza el ecosistema local, en respuesta, los participantes y el patrón de los floreros argumentan que existe una recolección controlada que garantiza la sostenibilidad de la práctica, el equilibrio entre preservar la tradición y respetar el entorno natural, es un desafío que la comunidad enfrenta y aborda con cautela.

La leyenda del niño florero y la topada de flor, son elementos intrínsecos de la identidad de Chiapa de Corzo.

Estas tradiciones ofrecen una ventana única a la riqueza cultural de la región, demostrando cómo las creencias prehispánicas y las influencias cristianas, pueden converger en una expresión única y vibrante. La preservación de estas prácticas, acompañada de un manejo responsable de los recursos naturales, asegura que esta conexión entre el pasado y el presente siga floreciendo en Chiapa de Corzo.

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