San Fernando, Chiapas, es escenario de una manifestación cultural que cada año cobra más fuerza: la Danza de las Candelarias. Lo que comenzó como una expresión de fe y tradición ha evolucionado hasta convertirse en un fenómeno social que une a mujeres de todas las edades en un mismo ritmo y propósito. La imagen de miles de participantes danzando con sus faldas bordadas, blusas adornadas y sus imponentes sombreros de charro multicolor es, sin duda, una de las postales más vibrantes del sincretismo chiapaneco.

En un mundo donde la globalización amenaza con diluir las costumbres locales, resulta esperanzador ver cómo esta celebración no solo se mantiene, sino que crece. Lo hace gracias a la voluntad de sus participantes, quienes encuentran en la danza no solo un acto de celebración, sino una reafirmación de identidad. La incorporación de las punteras —representantes de niñas, mujeres y viejitas— en un mismo baile al son de los tambores y flautas de carrizo simboliza la continuidad de una tradición que atraviesa generaciones y desafía el olvido.
Más allá del espectáculo visual, la Danza de las Candelarias es un recordatorio de que las expresiones culturales son más que simples eventos folclóricos: son el latido de un pueblo, la memoria de sus ancestros y el testimonio vivo de una cosmovisión que resiste a la homogenización impuesta por el tiempo.

Una vez electas durante el último día de fiesta en San Fernando, las punteras del 2026 obtuvieron el apoyo y reconocimiento de la comunidad, misma que reafirma su compromiso con el legado que les ha sido heredado. Que esta festividad siga creciendo es un triunfo para la cultura y un mensaje claro de que la identidad, cuando es celebrada y protegida, no solo sobrevive, sino que florece.






