Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón.- En el complejo engranaje simbólico del Napapok etzé, la figura de la niña conocida como Alacandú o «reinita» ocupa un lugar de honor y vital importancia. Ella es la representación encarnada de la Luna, la fuerza femenina que equilibra el ímpetu solar del danzante del penacho.

Su participación no es accesoria; es el eje sobre el cual gira la efectividad del ritual, requiriendo una preparación que involucra a toda la familia y a los coordinadores del baile.
La elección de la Alacandú sigue criterios tradicionales estrictos: debe ser una niña de entre 4 y 11 años de edad, preferentemente antes de que inicie su proceso de pubertad.

Según explica Juan Ramón Álvarez Vázquez, esta etapa de la vida se asocia con la pureza necesaria para interactuar con las fuerzas sagradas de la naturaleza. La invitación se realiza formalmente a los padres, a quienes se les asesora sobre el significado y la indumentaria que la pequeña deberá portar durante las intensas jornadas de danza.

El atuendo de la Alacandú es una lección de estética y simbolismo zoque. Viste una falda que denota elegancia, un huipilito blanco y una mascada que cubre sus hombros. Lo más distintivo es su corona o tocado, adornado con cuatro espejos que representan las fases lunares: nueva, creciente, llena y menguante. En sus manos porta un ramillete o «gigante» compuesto por flores de temporada llamadas Sospó, las cuales son ofrecidas simbólicamente durante el baile como un gesto de fertilidad y gratitud a la tierra.

Durante el baile, la Alacandú debe mantener una actitud solemne y pausada, contrastando con el relajo de los Suyuetzé. Su desplazamiento por las casas es un acto de bendición; por ello, los grupos se esfuerzan por respetar su ritmo infantil. «Como son niños, vamos a su ritmo; si se cansan, ya no pueden bailar más tarde», comenta Álvarez Vázquez. A pesar del agotamiento que implica visitar 30 casas por día, las niñas asumen su papel con orgullo, convirtiéndose en el centro de atención y respeto de la comunidad.

La Alacandú también cumple una función protectora. En la creencia zoque, el brillo de sus espejos y la alegría de los acompañantes sirven para desviar el «mal de ojo» que podría arruinar el ritual. Al finalizar el carnaval, la niña regresa a su vida cotidiana, pero queda marcada por el honor de haber sido la Luna de su pueblo. En ella descansa la esperanza de la transmisión cultural, pues es a través de estas pequeñas protagonistas como la semilla de la tradición zoque sigue germinando en las nuevas generaciones.
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